Maldonado avanza: el realojo del Kennedy y el respeto a la historia del barrio

Hay realidades que incomodan profundamente a los que prefieren el discurso vacío frente a la gestión concreta. Y el realojo del barrio Kennedy en Maldonado es, sin dudas, una de ellas.

En estos días se discutió en el ámbito político la donación de terrenos a la Iglesia Católica en el nuevo barrio. Y la postura de la oposición dejó en evidencia una forma de entender lo público: poner el freno de mano, incluso cuando las cosas se hacen bien y benefician directamente a la gente.

La memoria del barrio Kennedy

Acá no estamos hablando de un fraccionamiento nuevo donde la Intendencia de Maldonado decide regalarle tierra a un privado porque sí. Estamos hablando de sentido común, de justicia y de historia. La parroquia ya estaba instalada en el asentamiento desde el año 1964. Cuando llegó el momento de encarar el realojo, la institución se podría haber atrincherado. Podría haber exigido, demorado o complicado el proceso. Pero no lo hizo: entregaron el lugar sin problemas para que la obra avanzara, se tirara todo abajo y se pudiera mudar al barrio entero.

Lo que se hace ahora es, simplemente, devolverles el espacio para que vuelvan a levantar lo que ya tenían construido. Es darles el título de propiedad para que sigan con su misión social, un paso que, por cierto, estaba contemplado en el plan original de realojo que todos votaron favorablemente en la Junta Departamental allá por 2021.

El trabajo real antes que el Estado

El problema de fondo aquí es una negación ideológica sistemática a reconocer el rol de las organizaciones sociales, sean religiosas o civiles. Hay que decirlo con todas las letras: en muchos casos, hay instituciones que llegan más profundo, llegan antes y llegan mejor a la gente que el propio Estado. Y esto no pasa solo con la Iglesia en el Kennedy, pasa en todos aquellos lugares donde hay una necesidad que la burocracia estatal tarda meses en atender.

Cuando el Estado no da abasto o los trámites enfrían la urgencia, son estas organizaciones las que están en el territorio, embarrándose los zapatos, conteniendo y trabajando en silencio. Una institución con dos mil años de historia no va a cerrar de un día para el otro, y su compromiso en la zona está a la vista. En lugar de mirar con recelo o querer asfixiarlas con demoras, la buena política debería ser su aliada. Gobernar no es creer que el Estado tiene el monopolio de la solidaridad; gobernar es ser inteligente y tender puentes con los que de verdad ayudan.

Cuando el palo en la rueda es la única propuesta

Por eso resulta incomprensible la actitud de la oposición de trancar sistemáticamente este expediente. Buscarle la quinta pata al gato, pedir cambios interminables y terminar dándole la espalda a algo que suma a la comunidad, no es hacer política en serio.

Es muy curioso cómo algunos dirigentes del Frente Amplio (como dijo el edil Fabricio Rodríguez) «se visten con poncho ajeno» y se llenan la boca hablando de sensibilidad social en los micrófonos, pero a la hora de levantar la mano para que una institución continúe su obra en un barrio, prefieren la chicana. Negarles la tierra es ir en contra del propio proceso de integración social que ellos mismos apoyaron en los papeles. Al final, con esa postura, no castigan al gobierno; castigan a los vecinos.

Maldonado avanza con resultados

Por suerte, Maldonado sigue demostrando que hay otra forma de hacer las cosas. La gestión departamental de Maldonado no se queda en la excusa de lo que no se puede hacer. El realojo del Kennedy es un hecho histórico, una obra inmensa que mejora la calidad de vida de cientos de familias que ahora tienen dignidad, techo e infraestructura.

Porque cuando un departamento avanza, no lo hace por los discursos que se gritan. Lo hace porque hay un gobierno que ordena, planifica y ejecuta. Maldonado no se detiene a discutir relatos ni a pelear con fantasmas; Maldonado avanza con obras que se tocan y se ven.

Y esto es quizás lo que más incomoda: ver que el cambio es real. Porque la verdadera sensibilidad social no se demuestra poniendo trabas, se demuestra construyendo un departamento donde las instituciones y el Estado tiren para el mismo lado.

“Gobernar no es creer que el Estado tiene el monopolio de la solidaridad; es darle herramientas a los que de verdad ayudan a la gente.”

Por: Fernando Inzaurralde